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Agosto, 2001.
Los albores del siglo XX
Los muchos datos
Al inicio del siglo XX, la situación era muy clara: la civilización tenía un nuevo rostro, a partir de la Revolución Industrial, la humanidad había modificado su manera de ser y estar en el mundo. El más notorio de los fenómenos demográficos que acarreó el invento de la máquina de vapor fue la urbanización; mientras que la primera gran explosión demográfica de la humanidad —impulsada por la Revolución Agrícola— se manifestó en el surgimiento de los primeros asentamientos, la segunda se significó por la concentración de cada vez más gente en las ciudades; sin embargo, más allá del movimiento campo-ciudad, la transformación de la dinámica demográfica se tradujo en el drástico aumento poblacional que vivió el mundo durante el siglo posterior a la Revolución Industrial: de 790 millones de habitantes que se considera que había en 1750, pasaron a 1,260 millones en 1850. Para 1900, había ya 1,650 millones de personas en la Tierra; ¡en menos de 150 años se había duplicado la población!

Los inventos tecnológicos y científicos que se dieron con la Revolución Industrial, fueron de la mano con los cambios en el pensamiento. Así, la edad contemporánea que comenzó con la Revolución Francesa en 1789, fue el principio de las reformas político-sociales que se dieron en Occidente hasta principios del siglo XX: en Europa el poder pasó a la burguesía, a la monarquía y a la aristocracia le fueron negados los privilegios que habían gozado siempre. Se proclamaron los derechos universales del hombre. En América se sucedieron los movimientos independentistas y Estados Unidos de América se convirtió en una nación organizada y poderosa.

En Europa hubo movimientos imperialistas que extendieron sus brazos al sur de Asia y algunos países africanos; ese afán de los países predominantes de extender sus dominios provocaría una rivalidad que años más tarde desembocaría en la I Guerra Mundial.

Mientras se gestaba el conflicto armado, en otros países se sucedían conflictos sociales internos, como es el caso de las revoluciones Mexicana y Rusa.

En el ámbito tecnológico se produjo una serie de adelantos que unieron cada vez más a la aldea global: en 1908, el empresario estadounidense Henry Ford popularizó el automóvil y sólo tres años después Charles Franklin Kettering desarrolló el motor eléctrico de arranque automático con lo que el uso de los carros resultó más seguro y práctico. Las comunicaciones también se revolucionaron, al fundarse las primeras aerolíneas comerciales, que permitían arribar en muy poco tiempo a ciudades distantes siempre y cuando estuvieran en el mismo continente. En 1922, Hollywood produjo la primera película en tecnicolor —una versión de Madame Butterfly— que provocó que los filmes se volvieran más económicos, pues antes de esto las cintas se pintaban a mano con aparatos sumamente complejos.

Años después, ya con el cine reinando en la sociedad, se filmó una cinta que ganó muchos galardones: Titanic, basada en una de las peores tragedias de la historia naval de todos los tiempos; una nave sumamente lujosa que en posición vertical hubiera sobrepasado el edificio más alto construido hasta ese momento. Se aseguraba que no se podía hundir pero el 14 de abril de 1912 chocó contra un iceberg y murieron 1 513 personas de las 2 224 que iban a bordo.

En los terrenos de la ciencia, el físico británico Ernest Rutherford demostró en 1911, la estructura atómica, con lo que se inició la exploración científica del microcosmos de la materia. En 1915, el científico alemán Albert Einstein propuso su Teoría de la Relatividad General y revolucionó los conceptos de espacio y tiempo, necesarios para la realidad virtual; por otro lado, se descubrieron los Rayos X; Marie Curie, se sintió atraída por el tema — que estudió a profundidad — y en 1903, junto con Antoine-Henrie, ganó el Premio Nobel de Física.

Los seres humanos llegamos al siglo XX estando cada vez más interrelacionados por medio del telégrafo y del teléfono y poco después, a través de los medios masivos de comunicación que se iban extendiendo momento a momento. Con la Radio, que ya había empezado a circular desde el siglo anterior, se da la posibilidad de ejercer la comunicación en tiempo real de cualquier lugar a cualquier otro; esto significa que la radio irrumpió en la línea tecnológica de las máquinas que el hombre había desarrollado hasta entonces para comunicarse, como el primer sistema capaz de efectuar la transmisión de un punto a muchos de manera simultánea; tal capacidad encontró un nicho de crecimiento ideal en la vida urbana, en la cual dio inicio la cultura de masas. La primera estación de radio de la historia, la KDKA de Pittsburgh, Estados Unidos, comenzó a funcionar en 1919.

En 1925, el inventor escocés John Baird, usando una célula fotoeléctrica, transmitió imágenes en movimiento a un receptor lejano; se había inventado una nueva tecnología: la televisión. En 1928, por primera vez, una señal de televisión experimental cruzó el Atlántico. A partir de este momento, las modificaciones y perfeccionamientos de la televisión se sucedieron rápidamente hasta lograr que las imágenes pudieran ser enviadas a una mayor distancia, ya fuese por ondas hertzianas, cables eléctricos especiales capaces de abarcar una amplia gama de señales o a través de un satélite. Es importante recordar que la televisión ahora no sólo se emplea como un medio de entretenimiento, sino también se usa en educación a todos los niveles y en todos los ámbitos, en la industria, en hospitales y en muchos aspectos más de la vida cotidiana actual.

Charles Lindberg, por su parte, logró realizar en 1927 otra gran hazaña: cruzar el Atlántico en aeroplano; despegó en Long Island a las 7:54 horas y aterrizó en París —donde lo estaban esperando 100 mil personas— 33 horas después.

Así, tras cuatro siglos y medio de predominio de la Galaxia de Gutenberg, las máquinas de comunicar iniciaron la conquista de un sitio propio.

Durante el primer cuarto del siglo XX la vida en hogares y sitios de trabajo comenzó a cambiar de rostro: la energía eléctrica dio vida a las ciudades, la lámpara incandescente —el foco—, invento de Tomás Alva Edison, envió a la luz del día al terreno de lo irrelevante mientras iluminaba la noche urbana; un ejército de aparatos electrodomésticos comenzó a preparar la toma de los hogares, mientras que la radio musicalizó la cotidianeidad y el teléfono se consolidó como un actor protagónico de la vida moderna.

El descubrimiento de la electricidad marcó un gran hito en la historia de la tecnología, ya que mostró una posibilidad ilimitada de usos y marcó la entrada a la vida contemporánea.

La máquina tabuladora
Ahora, no sólo había que realizar cálculos complejos, el requerimiento era almacenar y procesar grandes cantidades de información en poco tiempo; de hecho, la urgencia se conviertió en norma, se requirió tener la información cuanto antes. Por supuesto, la tecnología hizo suyo ese encargo.

La primera computadora automática diseñada para procesar en poco tiempo grandes cantidades de información fue construida para procesar el último censo estadounidense de población del siglo XIX, ese país ocupaba, desde los primeros años de este siglo, el primer puesto en la producción industrial mundial. Un inmigrante alemán nacionalizado estadounidense y graduado en la Universidad de Columbia, Herman Hollerit (1860-1929), inventó una computadora a la cual bautizó como Máquina Automática Perforadora de Tarjetas.

Los resultados del Censo de Población de Estados Unidos de 1880 habían tardado casi siete años en ser procesados. En 1884 Hollerith inventa la computadora que permitiría procesar los resultados del Censo de 1890 en sólo dos años y medio. Pudiendose obtener, a partir de los seis meses, datos importantes como número de nacimientos, población infantil y número de familias de habla inglesa. Desde entonces, Hollerith se definía a sí mismo con orgullo como el primer ingeniero estadístico de la historia.

En contraposición con la máquina diferencial de Babbage —que utilizaba las tarjetas perforadas básicamente para dar instrucciones a la máquina—, el aparato de Hollerith utilizó el invento de Jacquard para almacenar información; las tarjetas alimentaban a la máquina –que operaba con energía eléctrica—, la cual generaba resultados de manera automática. Cada perforación representaba un número y la combinación de dos perforaciones, una letra; bajo este criterio, la capacidad de almacenaje de cada tarjeta era de 80 variables. Para hacer funcional su creación, Hollerit tuvo que desarrollar tanto una perforadora automática de tarjetas como una lectora. El mecanismo de ésta era relativamente sencillo: la máquina leía electrónicamente las tarjetas perforadas mediante un sistema de agujas que bajaban accionando una palanca; donde la aguja encontraba una perforación, tocaba el plano inferior -que contenía mercurio- y se cerraba de esta forma el circuito eléctrico, para hacer avanzar una unidad.

El éxito del invento de Hollerit daría pie al surgimiento de una industria, la de las computadoras, pero también, como ocurre con todas las nuevas tecnologías, generaría nuevas posibilidades. Algunas fuentes indican que el costo del procesamiento de datos del Censo de 1890 fue 98 por ciento más caro que el anterior, sin embargo, los resultados no sólo se obtuvieron mucho tiempo antes, sino que resultaron más completos. Podríamos entonces decir: nueva tecnología, soluciones más eficaces a necesidades previas, pero, a la vez, surgimiento de nuevas necesidades.

El surgimiento de una industria
En 1896, poco después de que en Europa surgiera una copia de su invento, Hollerith funda TBM (Tabulating Business Machine, Co.). La reproducción de su trabajo ocurrió en Viena, en 1891, cuando Otto Schaffler construyó una máquina basada en los mismos manuales de Hollerith para elaborar los datos del censo que cubriría a todo el Imperio austrohúngaro. Por supuesto, también en Estados Unidos hubo máquinas similares; el caso más claro es el de la Remington Rand & Burroughs, que empezó a fabricar máquinas que utilizaban tarjetas perforadas para el procesamiento de datos.

Durante los primeros años del siglo XX, Hollerith viajó por América y Europa para hacer promoción a su invento el cual fue perfeccionando continuamente, en especial en cuanto a velocidad, todo ello, con el mismo objetivo: guardar, organizar, clasificar y procesar velozmente grandes cantidades de información. Tal era el objetivo técnico, el ulterior era más simple: hacer negocios. Así, Hollerith comenzó a desarrollar tecnología a partir de acertadas decisiones comerciales: el tamaño de la tarjeta perforada se estandariza (tamaño de un dólar), surgieron nuevos dispositivos (como la perforadora manual en 1901). Hollerith, en menos de 20 años, patentó más de 30 inventos en América y Europa. Durante esta época, TBM desarrolló un mercado mundial para sus productos; las máquinas tabuladoras constaban de un cabezal que alimentaba a la máquina con tarjetas; un lector de escobilla que las leía; una calculadora y una máquina de escribir eléctrica; estas máquinas comenzaron a automatizar la vida en oficinas, tanto públicas como de grandes empresas. La división social del trabajo comenzó a modificarse; una de estas modificaciones alcanzaría a las mujeres, que dejaron parcialmente el hogar y se fueron incorporando a las oficinas.

En 1911, a partir de la fusión de TBM con otras dos empresas — International Time Recording y Dayton Scale Co.—, se creó la Computing Tabulating-Recording Company. Tres años después, otro inmigrante, Thomas J. Watson, asumía la presidencia de la empresa, y con el eslogan ´Think´ (pensar) a flor de labios, se dedicó a expandir las operaciones. Finalmente, en 1924, La CTRC cambió de nombre y desde entonces la empresa que fundó Hollerith se llama International Business Machines, IBM que refleja el optimismo agresivo de su nuevo presidente; y esto está justificado, pues IBM se convirtió en una sociedad anónima, la mayor fábrica de equipamiento de contabilidad, y más tarde, de computadoras. Se consiguió un éxito asombroso y la empresa se apoderó del mercado, hasta que en los años 80 se encontró con nuevas compañías de fabricantes de computadoras, con las cuales se disputaría a los usuarios.

El crecimiento comercial de IBM y sus antecesoras se debió, en gran medida, a la rápida aceptación que las computadoras de Hollerith tuvieron en Europa. En 1910, se instalaron en Alemania las primeras máquinas tabuladoras y se pusieron al servicio tanto de la empresa Eléctrica de Berlín, como de la industria química J.G. Farben; en 1914 se situaron en Italia, en Pirelli y el Instituto Nacional de Seguros. A finales de 1915 funcionaban en Europa cerca de 150 máquinas, la mayoría de ellas, en Alemania e Inglaterra; para 1918 había 150 técnicos dedicados al mantenimiento de 200 máquinas instaladas en Alemania y Hungría. Así, durante los primeros cuatro años de la gestión de Watson al frente de IBM, las operaciones de la compañía se expandieron a Europa, Asia, Australia e incluso América Latina -en México, por ejemplo, la primera máquina tabuladora se instaló en 1928 en los Ferrocarriles Nacionales-. Así las cosas, ya desde mediados de la década de los veinte, IBM atendío el mercado mundial, de tal manera que durante la gran depresión estadounidense de 1930, IBM fue una de las compañías que mejor transitaron por ese periodo.

También hay que hacer notar que tanto la IBM como la Bell Company — empresa que a principios de siglo había fundado Samuel Bell para comercializar el servicio de telefonía— continuaron dedicando recursos a la investigación y al desarrollo tecnológico, actividades en las que es justo reconocer la importante labor de los Laboratorios Bell, mismos que incluso incursionan con éxito en el desarrollo de máquinas calculadoras, ya que en 1937, Stibitz inventó la calculadora eléctrica digital.


Bibliografía

1.- Zaid, Gabriel. Los demaciados libros. Océano. México, 1996. pp. 19-21

2.- DAN, Lacy. La lectura en la era audiovisual y electrónica. Biblioteca de México No. 21. México, 1994. p. 9 ss.

3.- Negroponte, Nicholas. Ser digital. México, 1996. Océano. pp. 108-109

Bibliografía digital

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