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Agosto, 2001.
El siglo XIX
Las primeras computadoras
El alma de la Revolución Industrial, el motor de vapor, fue inventado en 1712 por el inglés Thomas Newcomen (1663-1729), este artefacto rápidamente se fue incorporando a toda la industria, en especial a la textil. El principio de actuación de esta máquina se desprende del hecho de que una gota de agua convertida en vapor a la presión atmosférica, ocupa un volumen 1700 veces mayor que en estado líquido. Por consiguiente, si se vaporiza el agua en un recinto hermético, se provocará una fuerza de expansión de tales magnitudes que puede ser aprovechada como fuerza motriz. El vapor destinado a alimentar una máquina de vapor lo produce una caldera en la cual se acumula ese gas con presiones bastante elevadas, luego se empuja por medio de un émbolo.

Desde muchos siglos antes de que Newcomen inventara el motor de vapor, ya el hombre utilizaba máquinas, como hemos dicho, pero empleaba otros tipos de energía —como la producida por su propio esfuerzo, la del viento o la del agua en movimiento— sin embargo, es hasta que logra usar el gas que resulta de la vaporización de un líquido o de la sublimación de un sólido, cuando da el gran salto de la producción artesanal a la industrial.

El aprovechamiento del vapor dio lugar a que Richard Trevithick construyera la primera locomotora de vapor y con ella se iniciara la revolución del transporte; también el trasatlántico debe su invención al motor de vapor. A toda máquina, el mundo estaba cambiando.

Pero el uso a gran escala del vapor no sólo revolucionó el ámbito industrial, también lo hizo en otros ambientes, como en el de las comunicaciones: por ejemplo, en 1815, a principios del siglo XIX, los londinenses se enteraron por medio del The Times, que Napoleón había sido derrotado en Waterloo; desde el año anterior ese periódico se imprimía ya en una rotativa impulsada por un motor de vapor. En realidad se puede decir que el hombre estuvo informado de lo que ocurría en su comarca y aún más allá de sus fronteras, desde mucho tiempo antes por medio de los juglares y que con la llegada de la imprenta se acentúa esta posibilidad de comunicarse, pero es realmente hasta la llegada del motor de vapor cuando la sociedad industrial perfecciona los sistemas masivos de comunicación con la creación de los grandes emporios periodísticos.

Un nombre muy importante para la historia de la computación es el de Charles Babbage (1792-1871), quien, después de graduarse en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, se incorpora en 1816 a la Royal Astronomical Society. Este hombre tenía un trabajo rutinario que consistía en revisar cálculos matemáticos —ecuaciones diferenciales—; varias veces lo escucharon lamentarse: "¡Dios quiera que estos cálculos fueran realizados por la fuerza del vapor!". Años más tarde, Babbage —quien para entonces ya se había involucrado en el estudio de la economía—, pudo comprobar que el gobierno británico había perdido entre dos y tres millones de libras esterlinas por errores en el cálculo de impuestos. ¿Y si el vapor estaba acelerando todo, se dijo, y si había tanta información que calcular, por qué no…? Seguramente Babbage se formuló esta interrogante, y en 1822 concibió su máquina diferencial —difference engine—. Obviamente, en este aparato se utilizaba vapor para operar y mover los engranes. El prototipo, terminado en 1832, era capaz de calcular números de seis dígitos, mientras que el modelo completo podría calcular números de hasta 30 dígitos. De 1823 a 1842, Babbage estuvo tratando de construir la máquina, echando mano no sólo de las 17 mil libras con las que el gobierno inglés había apoyado el proyecto, sino de seis mil libras más de su propia fortuna; molesto, el Primer Ministro de Inglaterra declaró: "El único propósito de la máquina de Charles Babbage será calcular la gran cantidad de dinero que se ha gastado en construirla". Pero no, él nunca logró terminar su máquina diferencial ; el diseño original, perfeccionado insistentemente por Babbage incorporó más de cincuenta mil componentes y hubiese sido del tamaño de una locomotora de la época.

La máquina diferencial con la que Babbage trataba de eliminar los errores humanos en el uso de tablas de logaritmos, efectuando las multiplicaciones por medio de sumas repetidas, hubiera funcionado, como lo demostraron, un año más tarde, en Estocolmo, Pehr Georg Scheutz (1785-1873) y Eduard Scheutz (1821-1881) que, en 1843, basándose en los diseños de Babbage, construyeron un prototipo totalmente funcional de una máquina diferencial.

Mientras intentaba construir su máquina diferencial, el inventor inglés diseñó otro aparato: la máquina analítica —analytical engine—; una calculadora mecánica que empleaba el vapor como fuente de energía. La diferencia que Babbage le imprimió a ésta, es que era programable. Programar significa descomponer los datos de un problema o las operaciones que ha de efectuar un mecanismo automático, con el debido orden, en una sucesión de instrucciones codificadas de manera que sean interpretadas y ejecutadas por la calculadora o la máquina de que se trate. Es por lo que podemos considerar a la máquina analítica de Babbage como la primera computadora capaz de realizar operaciones ordenadas de manera automática.

Para poder incorporar la programación a su máquina analítica, Babbage incorporó un invento procedente de la industria textil: la tarjeta perforada. Cuatro décadas antes, en 1804, el francés Joseph Marie Jacquard (1752-1834) inventa un dispositivo para automatizar algunas fases del trabajo de las máquinas tejedoras, mediante un paquete tarjetas de cartón perforadas —que se podían cambiar accionando simplemente un pedal—. Para su funcionamiento se activaba un complejo mecanismo de cuerdas y platinas que elevaban alternativamente una determinada cantidad de hilos de urdimbre, para entramar los hilos de acuerdo a un diseño establecido (patrón). Es decir, por medio de las tarjetas perforadas se instruyó a una máquina para que automáticamente realizara ciertas operaciones.

A partir del invento de Jacquard empezaron a proliferar y desde 1806 se pusieron de moda, las máquinas y equipos programados por sistemas perforados, como los pianos mecánicos, conocidos como pianolas, muñecos y otros novedosos juguetes mecánicos. Su uso para programar computadoras se extendió hasta finales de los años setenta del pasado siglo.

Al incorporar el concepto de programación, necesariamente tuvo que nacer una nueva profesión: la de programador. La primera persona que asumió ese papel fue una mujer: la matemática inglesa Lady Ada Byron (1815-1852); hija del poeta inglés Lord Byron. Su madre no quería que fuera poeta bajo ningún pretexto y la pequeña fue educada de tal forma que decidió estudiar matemáticas, geometría y astronomía. Lady Lovelace, como también se le llamaba, escuchó las ideas de Charles Babbage acerca de una nueva máquina de calcular y ella fue de las pocas personas en la época que creyeron en él. Trabajó con Babbage desde 1833. Ada, a partir de 1842, empezó a escribir una serie de programas —cuyo sustrato final serían tarjetas perforadas— para la máquina analítica. Estos programas incluían subrutinas —secuencias de instrucciones que se pueden emplear más de una vez en contextos diferentes—; iteración —ejecución reiterada de una instrucción—, y el salto condicional —cambio de instrucción a partir de condicionantes.

Lady Ada Byron no sólo apoyó al empecinado Babbage con la realización de programas para su máquina, sino que también financió el proyecto con su fortuna personal hasta perder prácticamente todo. Así que, otra vez por carencia de fondos, la máquina analítica no pudo construirse. No obstante, su diseño es un hito en la historia de la informática, ya que incorporó por primera vez cuatro componentes básicos de la computación:

  1. Dispositivo de entrada de la información(input device): lectoras de tarjetas metálicas perforadas que contenían información para que pudiera trabajar la máquina, es decir que le ofreciera instrucciones o programas; aunque había tarjetas de otro tipo que introducían datos.
  2. Unidad de almacenaje o memoria.
  3. Procesador o analizador: dispositivo con cientos de ejes verticales y miles de piñones, que Babbage llamó el molino, en donde —por medio de acarreos automáticos— se realizaban las operaciones de cálculo numérico y discriminaciones lógicas.
  4. Dispositivo de salida (output device): Unidad de tabulación, conformada por plantillas diseñadas para ser utilizadas en una prensa de imprenta; para lo cual el diseño de la máquina analítica incluía una máquina tipográfica automática que imprimiera los resultados.

Un año antes de morir, Babbage construyó una sección prototipo de la máquina analítica, y detalló el diseño original de su invento; esta máquina consideraba varias lectoras de tarjetas perforadas, tanto para acceder datos como programas —rutinas— al aparato. En teoría, la máquina analítica podría realizar una suma en tres segundos y una multiplicación en alrededor de cuatro segundos y hubiera podido calcular números de hasta 40 dígitos.

Aunque los proyectos de Babbage y Ada Byron quedaron frustrados, los planos y modelos de ambas máquinas sirvieron como puntos referenciales de muchos de los conceptos de computación aplicados hoy en día y por eso, para muchos, Charles Babbage es considerado el padre de la computación moderna.

La información a los cables
A principios del siglo XIX, el género humano comenzó a revolucionar, ahora con electricidad, sus máquinas de comunicar. La energía eléctrica marcó un gran hito en la historia de la tecnología, ya que presenta muchas ventajas sobre cualquier otro tipo: puede ser transformada fácilmente en otra forma de energía con un rendimiento satisfactorio; puede enviarse a grandes distancias de manera cómoda y económica a través de cables; muestra una posibilidad ilimitada para ser dividida y para ser usada tanto en forma de corrientes fuertes como en las ínfimas de pequeños dispositivos electrónicos y, finalmente, porque es factible obtener electricidad prácticamente a partir de cualquier otra forma de energía: hidráulica, térmica, eólica, o de los rayos solares.

Como resultado de la evolución científica que desde el siglo XVIII se fue gestando en el campo de la electricidad, la aparición del telégrafo marcó también el punto de partida de las nuevas máquinas de comunicar y el despegue de las telecomunicaciones modernas. En 1800, Alejandro Volta en Italia inventó la pila eléctrica, la cual consta de pequeñas placas de cinc y plata, en pares, una arriba de la otra; cada par de placas está separada por una tela humedecida con agua salada. Este conjunto produce una corriente eléctrica. Un tiempo después de su invento, el mismo Volta lo perfeccionó, remplazando la plata por cobre y sumergiendo ambos elementos en un recipiente que contenía ácido sulfúrico. Imagínate qué importante es este invento, ya que es el antecedente de las pilas que usas tanto en las lámparas sordas como en los videojuegos o en los controles del televisor.

Esta fue una época en la que el ingenio humano estuvo trabajando en todas partes del mundo: en 1819, el danés Hans C. Oersted descubrió que un imán podía ser movido por un cable que condujera una señal eléctrica. En realidad este invento tuvo un antecedente a finales del siglo anterior, cuando en 1793 Chappe desarrolló en Francia un telégrafo óptico que permitió la transmisión de mensajes por medio de señales obtenidas con la ayuda de brazos articulados y cuyas posiciones indicaban el signo que se quería transmitir. Este invento incluía torres repetidoras de la señal, separadas de 5 a 10 km. entre sí; con ello, si había buena posibilidad, se podían transmitir entre Tolón y París, a través de 120 torres, aproximadamente 50 signos por hora, además, se requerían 40 minutos para que un mensaje cubriera la distancia citada. En menos de una década el telégrafo de Chappe tuvo sus réplicas en Rusia, Suecia, Dinamarca, India y Egipto.

Basados en este invento, en 1837, William F. Cooke y Charles Wheatstone, en Inglaterra, y Samuel Finley Breese Morse, un profesor de dibujo y escultura de la Universidad de Nueva York, en Estados Unidos, patentaron el telégrafo eléctrico, cuyo principio de funcionamiento en realidad es bastante simple: los impulsos eléctricos que se transmiten a través de un cable y que pueden ser detectados en el punto de destino por un imán, son utilizados como los elementos de mensajes entre un emisor y un receptor. Samuel Morse había desarrollado, dos años antes, en 1835, un sistema que lleva su nombre y con el cual se pueden representar con sólo dos signos (puntos y rayas) las letras y los números.

El telégrafo sigue usándose hasta nuestros días cuando se quieren enviar mensajes breves a otros lugares. La diferencia entre un sistema del siglo pasado y uno de fines del siglo XX radica en la cantidad de información que se transmite: antes eran unos cuantos signos por minuto, ahora se pueden transmitir millones de ellos por segundo.

Morse, tras haber comunicado con su invento las palabras "Lo que Dios ha creado" logró que el telégrafo se convirtiera en una pieza clave en la consolidación geopolítica de Estados Unidos; conforme se fueron conectándose poblaciones distantes por medio de líneas telegráficas, resultó posible afianzar la unidad administrativa y el control político de todos los territorios. Aunado a ello, en el mundo de los negocios el telégrafo se volvió una herramienta de uso generalizado.

Con el desarrollo del telégrafo eléctrico se dispuso, por primera vez en la historia de la humanidad, de un sistema de telecomunicaciones que, a diferencia de los telégrafos ópticos que lo precedieron, estaba disponible 24 horas al día, independientemente de las condiciones climatológicas. Si a este hecho se le agrega el aspectos económico y que el sistema puede estar al servicio del público, se puede decir que a través de él, se instauró la presencia de las telecomunicaciones en la vida cotidiana de la sociedad.

En México se llevó a cabo la primera transmisión del Telégrafo Eléctrico Magnético desde Palacio Nacional al Palacio de Minería, en la capital del país, el 13 de noviembre de 1850; ya para el 5 de noviembre de 1851 se estaba inaugurando la primera línea telegráfica con una extensión de 130 kilómetros, entre la Ciudad de México y Nopalucan, Puebla.

El código Morse es, según los conceptos modernos, la primera versión del sistema de comunicaciones digitales, pues si a la palabra comunicaciones se le asignan puntos y rayas, es decir, un código binario, entonces podría escribirse:

"-.-.- - - - -..- -...-.-..- -.-...- - - -.....", y si a cada raya le asignamos un "1" y a cada punto un "0", la codificación es: 1010111110011000101001101000111100000

Desde 1839, la electricidad se había incorporado a la tecnología de impresión, con el físico alemán Hermann Von Jacobi, quien inventó en Rusia, la electrotipografía, que consiste en reproducir grabados por medios de galvanoplastia, es decir, haciendo primero un molde plástico del objeto o texto que se quiere reproducir y luego bañando este molde con grafito y después - por medio de electricidad- bañándolo con cobre; de esta manera se obtiene, una reproducción fiel del texto o dibujo original. Morse utilizaba estos servicios de impresión para reproducir en papel sus textos en sus primeros aparatos receptores, aunque muy poco tiempo después decidió usar el sonido y convirtió las palabras en expresiones sonoras: timbrazos cortos para los puntos y largos para las rayas, lo cual le daba más posibilidades de empleo a su invento. Poco a poco las técnicas de impresión fueron desarrollándose en mayor medida, hasta llegar a la impresora que tú estás usando ahora.

Y enseguida del telégrafo llegó el verdadero intruso comunicante: El día de San Valentín de 1876 se patentó un aparato que revolucionaría las tecnologías de comunicación: el teléfono. Alexander Graham Bell (1847-1922) —hijo de un maestro de personas con sordera y esposo, a su vez, de una sordomuda— buscando un sistema de audición para sordos, desarrolla un aparato electromagnético capaz de transmitir sonidos a distancia mediante un cable; utiliza para ello, un auricular receptor, un micrófono, un conmutador que establece el enlace con una central, y un disco o teclado que permite seleccionar el número al que se quiere llamar. Dado el primer campanazo de este revolucionario invento, ya nada sería igual para el ser humano ni para el mundo de las comunicaciones.

"El teléfono fue el primer aparato que permitió al espíritu de una persona expresar un mensaje por su propia voz, sin necesidad de transportar para ello su cuerpo", apuntó el sociólogo Henry Boettinger.

El tiempo y el destino le hicieron una mala jugada a otro inventor: Elisha Gray, que diseñó y construyó un teléfono también en Estados Unidos, pero llegó una hora después que Graham Bell a patentarlo y el mérito ha sido sólo para el primero.

En México, en 1876, es decir sólo dos años después de la invención del teléfono se realizó la primera transmisión telefónica experimental. El 16 de septiembre de ese año, la voz del Presidente Porfirio Díaz se escuchó al mismo tiempo en el Castillo de Chapultepec y en Palacio Nacional. Cabe hacer notar que para finales del siglo XIX había, en todo el territorio nacional, más de cinco mil aparatos telefónicos y que el directorio telefónico de la Ciudad de México constaba de tan sólo ocho hojas, a diferencia del de ahora, que son dos tomos completos de alrededor de 4 mil hojas cada uno y, además, hay directorios zonales.

La invención del teléfono, telégrafo, radio y televisión han sido un elemento fundamental en la conformación de la vida moderna, las vecindades físicas —establecidas por la cercanía entre las viviendas— fueron perdiendo importancia, ante la posibilidad de comunicación inmediata por medio del teléfono entre personas residentes en zonas distantes. De igual manera, el teléfono permitió que en las ciudades, las fábricas y las áreas administrativas, no necesariamente estuvieran en un mismo edificio, ni siquiera en una misma zona. Por otro lado, la telefonía ha dado surgimiento a fuertes mecanismos de sociabilización que no requieren de la proximidad física entre las personas. El mundo visto como aldea global, en muy buena medida ha sido consecuencia de todos esos inventos que se dieron en el siglo XIX, pues facilitaron la comunicación y, por tanto, el avance de la ciencia.

El principio de la radio se establece en la idea de Jacobo Clerk Maxwell de que las ondas electromagnéticas se propagan en el agua cuando una piedra es arrojada a un río o a una laguna: en esferas concéntricas de diferentes medidas; aunque Maxwell falleció antes de probar su teoría, Enrique Hertz, un joven científico alemán sí pudo comprobarla, en 1889, es decir, 16 años después. Fue el italiano Guillermo Marconi, en Inglaterra, quien finalmente inventó y patentó el radio como tal, en 1901.

La primera emisión de radio en Estados Unidos tuvo lugar en 1906 y para 1910 se transmitió una ópera desde el Metropolitan Opera House de Nueva York. Así como se dio una gran apertura tanto para el teléfono como para el telégrafo, también ocurrió lo mismo con la radio, y los esfuerzos por hacer comercial la radiodifusión se pueden situar en 1920, cuando se crearon diversas emisoras de radio, sobre todo en E.U. En 1927 se funda en el Reino Unido la British Broadcasting Corporation (BBC); en México, la radio empieza en 1921 y, en 1923, el gobierno autoriza la transmisión de programas radiofónicos masivos.

La televisión tiene sus antecedentes en dos grandes descubrimientos. El primero de ellos se da en 1817, cuando el químico sueco Juan Jacobo Berzelius descubre el selenio; este elemento produce una corriente de electrones cuando la luz incide en él y puede variar su intensidad, de acuerdo con la luz recibida; a este fenómeno se le llama fotoelectricidad. El otro gran descubrimiento es el del físico francés Nicéphore Niépce, quien en 1826, exponiendo a la luz durante ocho horas una plancha metálica con betún, consiguió la primera fotografía. Sin embargo, tuvieron que pasar casi 50 años para que en 1875 el inventor estadounidense G.R. Carey, basándose en esos dos descubrimientos, diseñara un sistema televisor rudimentario que todavía resultaba muy poco práctico.

Nueve años después, el alemán Paul Nipkow logró transmitir a distancia las primeras imágenes fijas con el famoso disco que lleva su nombre y que al girar, va mostrando, en franjas, fragmentos de una imagen hasta enseñarla completa cuando el disco da la vuelta entera.

Las calculadoras mecánicas del siglo XIX
Durante los últimos años del siglo XIX fueron inventadas muchas calculadoras mecánicas, y si bien este tipo de aparatos no trajo importantes desarrollos tecnológicos con respecto a las del siglo XVIII —como el Aritmómetro de Thomas Colmar—, ni mucho menos frente a la máquina analítica de Charles Babbage —una computadora—, sí tuvieron un papel relevante en el proceso de incorporación plena de las máquinas de cálculo en la vida de las oficinas, tanto de gobierno como de grandes empresas, y en su consecuente viabilidad comercial.

En este contexto, cabe destacar el Computómetro, inventado en 1885 por Dorr Eugene Felt (1862-1930), quien entonces trabajaba como mecánico de la Pullman Company de Chicago, Estados Unidos. Este aparato fue la primera calculadora mecánica que incorporó un teclado que permitía que el número registrado fuera inmediatamente sumado en la registradora; atrás quedaban las aparatosas palancas, manivelas y perillas. Fue un gran avance porque esas máquinas dejaron de ser consideradas máquinas simples , es decir, máquinas que transmiten la fuerza directamente a través de palancas, poleas, tornos o cuñas inclinadas, para empezar a hacerlo como máquinas compuestas, cuya transmisión se efectúa a través de varios órganos. Combinados en un conjunto más o menos complejo de máquinas simples.

El Computómetro únicamente sumaba y restaba, aunque permitía multiplicar y dividir repitiendo las dos primeras operaciones, fue un éxito comercial y se produjo en serie en 1930.

Fue hasta 1878 que se creó una máquina capaz de realizar multiplicaciones directas. Raúl Vera, inmigrante español, patentó en Nueva York la primera máquina calculadora que incluía tablas de multiplicar. Vera utilizó un diseño industrial bastante primitivo para elaborar su aparato, que semejaba una estufa de carbón, carecía de teclado y, por su tamaño, hubiera resultado imposible usarla sobre un escritorio; Vera jamás intentó comercializar su creación; quizá es ésta la causa por la que muchas historias de la informática adjudican el invento de la primera máquina capaz de realizar multiplicaciones directas al francés León Bolée, quien —casi diez años después del invento de Vera— diseñó una calculadora que integraba un mecanismo multiplicador: una serie de plaquitas metálicas en las que están fijadas nueve líneas y nueve columnas de pernos largos y desiguales (tablas de multiplicar). Hemos dicho aquí que unos inventos tecnológicos sirven a veces en otro momento y en otro espacio para auxiliar o desarrollar algunos otros aparatos, ahora, ¿Recuerdas el ábaco pitagórico?, pues bien, la máquina de Bolée no era más que un aparato que mecanizaba el uso del invento del griego.

Retomando el principio de la calculadora de Bolée, el suizo Otto Stieger (1858-1923) desarrolló la Millonaria, una calculadora mecánica que permitía la multiplicación directa. La Millonaria carecía de teclado y, al igual que en el Computómetro, la multiplicación se efectuaba mediante una vuelta de manivela. El éxito comercial del aparato resultó inusitado: entre 1894 y 1935 se vendieron más de 4 700.

El uso de las calculadoras mecánicas se generalizó también en Estados Unidos. En 1899, William S. Burroughs (1857-1898) inventa una calculadora que integra tanto la multiplicación directa como un teclado y un dispositivo de impresión de los resultados obtenidos. Aunque las posibilidades de esta máquina todavía resultaban limitadas (ya que requería de la continua intervención manual del usuario), su éxito comercial fue rotundo.

En Europa, la calculadora mecánica más popular desde finales del siglo XIX hasta los primeros años del XX fue la Brunsvinga, creada por el suizo Willgodt Theophil Odhner (1845-1905), quien la patentó en Rusia en 1878. Después, Odhner vendió los derechos a la compañía alemana Grimme, Natalis & Co., la cual comenzó a producir este aparato en serie y lo comercializó en todo el continente europeo. A pesar de no incorporar ni teclado ni salida de resultados impresos, se estima que entre 1892 y 1912 se vendieron más de 20 mil unidades.

Durante el siglo XIX, tanto en Estados Unidos como en Europa, el capitalismo planteó necesidades —la contabilidad—, la tecnología produjo soluciones y las nuevas máquinas se fueron incorporando cada vez más aceleradamente al mundo del trabajo y los negocios. Un caso representativo de este proceso es el invento de Ludwig Spitz, quien en 1907 presentó una máquina que podía sumar, restar, multiplicar y dividir; su nombre comercial lo dice todo: TIM, Time is money.


Bibliografía

1.- Zaid, Gabriel. Los demaciados libros. Océano. México, 1996. pp. 19-21

2.- DAN, Lacy. La lectura en la era audiovisual y electrónica. Biblioteca de México No. 21. México, 1994. p. 9 ss.

3.- Negroponte, Nicholas. Ser digital. México, 1996. Océano. pp. 108-109

Bibliografía digital

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